

Cuando me cansé de dar patadas a una pelota de papel de aluminio por la primera fila de la lateral de preferencia, cuando mi padre ya ni me llamaba porque habían pitado penalti y corríamos todos los niños hasta el córner a verlo más de cerca, me hicieron socio, pues vale. Y ahí iba yo, tan orgulloso con mi carnet de plástico, con la foto con el pelo cortado a tazón, con mis cartoncitos mensuales bien guardaditos. Un carnet que durante la semana no salía de casa por si se perdía, vaya drama, pero que muchas mañanas de EGB me llevaba escondido a clase, para enseñarlo a esa panda de compañeros "incultos del fútbol", que se regocijaban de ser del Madrid, pero de boquilla. Yo no, yo me iba al pueblo los fines de semana, pero volvíamos a ver al Rayo "echando leches" por la carretera de los pantanos. Llegabas, te arrancaban el número, y cada no se cuanto, a hacer cola a las escaleras de las oficinas de Arroyo del Olivar, siempre pensando que llegaríamos tarde al campo.
Eran mañanas de pasión contenida, de demostrar que eras rayista semana tras semana. No como ahora, joder, que un infarto estuvo a punto de llevarse unos años después a Eusebio Ríos para arriba ganando en el Bernabéu al Castilla. Que muchos cabezas peludas se acordarán de un Rayo-Zaragoza que ganamos 4-3, al que fui con pulsómetro y llegué a 180 pulsaciones con escasos 25 años... así no hay quien viva.
¿Cuántos días hemos vuelto a casa cabizbajos, sin apenas hambre, aunque hubiera paella o tortilla de patata (gracias yaya, de verdad) por nuestro rayito? Hontecillas, Pepín, Morón, Josete, Lema, Soto, muchos nombres, muchos veranos viendo idas y venidas, cartas de libertad, golfos, menos golfos, “Hugos” Sánchez, Maradona, Polster, Poschner, Andrijasevic, Abel, Trobiani, Sánchez Candil ...madre mía…y sólo llevo 30 años de socio.
Siempre iba con mi bufanda, eso sí, sin lavarla, con más mierda que el palo de un gallinero. Estoy seguro que si la perdía sabía llegar sóla a casa cantando el himno por la Albufera. Años después añadí a la indumentaria una nueva camiseta, era la oficial Adidas de River. Me la regaló Santi y le costó un pastón…él volvió de Irlanda y tuvo una tarta con el escudo del rayo, que tampoco está nada mal...qué momentos.
Mi bufanda “cayó” en servicio un buen día en Almendralejo, una promoción contra el Extremadura, dónde nos dieron "cero" entradas como equipo visitante, aquí no hubo sorteos como ahora. Y allí fuimos con el Peugeot 205 rojo, con Santi y la prima Vito, a meternos en la boca del lobo. A sentarnos en una esquina, con una banderita del Rayo sobre la barandilla, pero eso sí, a volvernos a Vallekas con un 0 – 2 que nos ponía en primera de nuevo… y sin mi bufanda, colgada en el cuello de un niño de Almendralejo de apenas 10 años, síndrome de Down, que animaba a su equipo sin parar. Estoy seguro que ese chaval tiene su bufanda en la habitación, colgada, y que su padre o su madre le habrá recordado ese día mil veces, como yo le contaré algún día a alguien mío que una vez nos eliminó en cuartos de la UEFA el Alavés de Mané, que estuvimos en Bordeaux jugando contra el Girondix, que cayó el Lokomotiv ruso y el Viborg noruego, y la Constelació Esportiva de Andorra, allá por los calores de agosto, por un parcial de 16 a 0. También le contaré que los equipos salían en dos filas desde los vestuarios, sí, como los de primera de ahora, y que en Payaso Fofó había una bandera que ponía "Uefa – Cup"… y que a Vallekas íbamos los de siempre. Esto no ha cambiado.
Y pasaron los años y nos fuimos a la lateral de pie, a las barandillas oxidadas de color marrón, a los viejillos que ponían papel de periódico sobre ella para no quemarse. Los Petas llenaban la lateral de humo rojo, olía a no se qué (unos decían que era azufre…). La valla estaba presidida por una pancarta en la que ponía “Vallekas nación, Rayo selección”. Años después, cargados de sprays y con una sábana vieja, pintamos la nuestra “menos tómbola y más Rayo, Telemadrid fuera de Vallekas”, en un solar al lado de la bodega de Ricky, y que fue título de una columna del diario El País, un lunes después de un partido. Y también llevamos una pancarta que ponía “Onésimo y Guillermo no os vayáis”, hecha en secreto sobre el parquet de mi cuarto, dejando una mancha que aún perdura en las viejas tablas de madera y que no salió por más que froté. Lo siento mamá.
Han sido varias novias las que han pasado por el “aro” del Rayo, han sido muchas broncas por los viajes, por los precios de los abonos, por los gestos torcidos, por las tardes sin querer salir, por hablar de fútbol, de reirme de que en Vallekas los prohibidos aparcar eran en "días de espectáculo" y en el Calderón en "días de fútbol", de enfadarme porque me habían borrado un resumen de un partido, de querer al Rayo más que a nadie. Fueron años de seguir al rayo desde Suecia y desde Bélgica, con Santi mandándome los recortes del periódico por correo, de ganar al Madrid en casa con gol de Ezequiel Castillo, de llamar a casa y preguntar primero por el rayo, de intentar escuchar radio nacional con un cable haciendo de antena atado al picaporte de la puerta de la habitación y sosteniendo la radio en vilo con la otra mano.
Han sido muchas tardes de ¿qué te pasa? Si no es para tanto. Tumbado boca arriba y ver la bufanda en el techo del Girondins, de acostarte pronto, muy pronto, sin cenar nada, de acordarme esas jotas bailadas junto al Puma, de la ovación de San Mamés, de la tromba de agua del Bernabéu con el brazo escayolado, del gol de Piti que nos ponía más cercita del sueño de volver a 2ª... de esa lateral de Ipurúa que los llevaba en volandas y no supieron aprovechar, de esa nacional I que ese domingo se hizo larga, muy larga.